Luego de varios días lluviosos en Puerto Iguazú, emprendimos el regreso.
El regreso lo hicimos en 4 tramos:
1) Puerto Iguazú a Posadas, por la ruta 12 haciendo paradas hermosas como en Montecarlo. Allí pudimos ver las nubes que se acercaban y decidimos no perder tiempo para seguir el viaje, ya que la tormenta nos venía persiguiendo.

A la altura de Santa Ana (unos 40km antes de Posadas) comenzó a llover… así que paramos en la estación de servicio de allí y aguardamos como una hora. Era indudable que no iba a parar en un tiempo importante, así que muñidos de campera y de capas para el agua, seguimos viaje lentamente y con mucho cuidado por los resbalones hasta el Horianski (el mismo hotel donde paramos siempre!) donde por suerte tenían lugar para nosotros y Eulogia.

Llegamos empapados, así que nos quedamos un par de días: en parte porque no paraba de llover, pero también porque debimos mandar a lavar y secar nuestra ropa de viaje una vez más. Fue un buen momento para ver amigos otra vez.
2) Posadas a Paso de los libres. A partir de allí el recorrido se nos hizo familiar y conocido, aunque hicimos paradas intermedias muchas veces en otras estaciones de servicio. El camino se va haciendo cada vez menos rojo… menos llamativo o dinámico. Pero como a la ida, volví a reflexiona sobre el trabajo de los de Vialidad: al sol, con sus banderillas o sus máquinas, abriéndose paso.

En Paso de los Libres paramos en el mismo hotel, donde también por suerte tenían lugar para nosotros. Pero esta vez (luego de tantos km.) aprovechamos la piscina para estirar las piernas, y no tuvimos más voluntad para salir que cruzar la calle y cenar en el restaurancillo que está en frente del hotel.
3) Paso de los Libres… C. del Uruguay! Este tramo también era conocido, pero lo que sucedió es que unas dos horas de comenzado el viaje, perdimos el espejo derecho de Eulogia de un ‘pajarazo’. Por suerte nadie se lastimó (salvo Eulogia, a quien le vamos a conseguir otro).

Aunque inicialmente pensamos que podríamos hacer unos km. más que Colón (donde paramos a la ida), cuando ya estábamos llegando allí, con más de 380km hechos, entramos a la ciudad para ver si Elena (del alojamiento de Colón) nos hacía un lugarcito. Ya habíamos tratado de llamarla durante las paradas intermedias del viaje, pero no había tenido suerte… especialmente porque olvidé por completo que llamamos en horario de siesta.
Estando ya en la esquina conocida, vimos entristecidos que la ‘oficina’ de Elena lucía un cartel que decía que ya no tenía más disponibilidad. Nosotros sólo queríamos hacer una noche!! Justo recibimos la devolución de nuestros llamados, así que salió a la puerta a charlar personalmente, lamentándose no tener lugar para nosotros. Preguntó a colegas de la zona, nos ofreció guardar la moto si no conseguíamos lugar para Eulogia, y nos dejó un par de teléfonos más.

A esa altura, lo que más necesitábamos era cargar nafta… pero aún así, yendo hacia la estación de servicio pasamos por un hotel de esos donde la gente siempre tiene cara de estar insatisfecha y oler a mierda, para preguntar si había lugar. Por supuesto no nos dió el presupuesto (igualmente ya les contaré la situación divertida que se presentó); así que decidimos seguir viaje hasta C. del Uruguay.

Concepción es una ciudad grande. Una vez que ingresamos, paramos en una Shell desde donde se veía la secretaría de Turismo. Allí fue Lima a consultar por disponibilidad de Hoteles, y por ello llegamos al bien puesto Hotel Carlos I, un poco más caro que otros, pero con detalles que, a esta altura del viaje, nos venían bárbaro. Esa noche salimos a comer nuestra última picada de vacaciones fuera de casa… paseamos un poco, disfrutamos.

4) C. del Uruguay a Avellaneda. Desayunamos lo más que pudimos en el hotel de Concepción y salimos con la certeza de que luego de la maratón del día anterior (430 km) el tramo sería corto. Fuimos sin prisa pero sin pausa, parando a refrescarnos (ya que el calor húmedo y pegajoso de Bs.As. se comenzaba a sentir) y para almorzar alguna que otra cosa livianita. Es increíble como la paz de la ruta se termina cuando empiezan las autopistas… tanto así que a determinada altura preferimos bajarnos de la hórrida panamericana, para ir por Libertador.

Nuestra última estación de servicio fue a la altura de Pacheco, o antes… Ahí si se comenzó a notar que estábamos sucios y cansados, y contratábamos con jóvenes bronceados de chomba clara que tomaban jugo de naranja en vasitos plásticos!! En la ruta, por el contrario, nosotros éramos unos viajeros que desentonábamos con los transpirados camioneros, luciendo nuestras ropas blancas repletas de bolsillos.
Llegamos a casa con la estrategia preparada para que los perros no nos maten a besos y mordidas. Por suerte, luego de la entrega inicial, se calmaron y nos permitieron entrar a Eulogia al garage. El viaje había terminado, pero las ‘vacaciones’(un poco extendidas por culpa del clima) aún no.

Esa noche, para festejar que sólo tuvimos como baja un espejo de Eulogia, salimos a comer a La Fiaca, junto con Jorge Lima, quien nos cuidó el rancho y la animalada en nuestra ausencia, por lo que se ganó un modesto cinturón de carpincho. Qué hubiéramos hecho sin él!
Continue reading